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El comparsa de Satanás

 Hace unos días la empresa desarrolladora de software Microsoft ha anunciado su propiedad sobre la patente de “Legal Intercept”, una tecnología de espionaje en Internet que permite al poseedor interceptar y monitorizar legalmente llamadas de voz y video de cualquier usuario de Skype, el más importante servicio de VoIP, telefonía y videoconferencia por Internet.

Skype, hay que recordarlo, fue adquirida en el mes de mayo de 2011 por la transnacional de Gates en algo más de 5 mil millones de dólares. La compra generó ácidos debates sobre los propósitos del multimillonario al apropiarse de una empresa que no generaba utilidades (en el 2010 presentaba pérdidas mensuales de 4 millones de libras), aunque se había posicionado como la proveedora más importante de software gratuito de videoconferencia y telefonía a escala mundial. ¿Por qué?

Tras la compra se dijo que en ello iba oculta la intención Microsoft de sumar Skype a su sistema operativo, para recuperar a los millones de usuarios que han desertado del uso de sus productos; se pensó que era una estrategia para fortalecer Windows después de las resoluciones judiciales en su contra en Estados Unidos y Europa por acusaciones de monopolio, y se habló también de un maquiavélico plan para empoderarse en el terreno de las telecomunicaciones: cuando lograra desarrollar su propio smartphone, habría de agregarle de marca el software Skype, sobre todo ante el avance de Google, que ya está presente en numerosas marcas de dispositivos móviles con su sistema operativo Android.

Sea cual fuere la razón, el hecho es que Microsoft viene a confirmar lo que en las comunidades libres de Internet siempre ha sido un secreto a voces: el papel de Microsoft como principal aliado tecnológico de las estructuras más nefastas y oscuras del gobierno estadunidense, traducidas en el entorno cotidiano como agencias de inteligencia y seguridad nacional con tentáculos internacionales. Las mismas agencias que controlan el narcotráfico en Asia y América y conducen el contrabando de armas en los países latinoamericanos.

Ya era de sobra conocido que el software de muchas empresas comercializadoras de programas y el de Microsoft en mayor medida (Windows y Office) incluye lo que se conoce como “puertas traseras”, “hoyos” de acceso en los códigos de encriptación de los programas, códigos que supuestamente se encargan de proteger nuestra privacidad y defendernos de cualquier intervención mientras trabajamos con el sistema operativo o las aplicaciones (como Word y Outlook, por ejemplo).

¿Cuál es el propósito de esta “debilidad” en la programación del software?: facilitarle a las mencionadas agencias de seguridad del Estado norteamericano la posibilidad permanente de penetrar en el sistema informático de cualquier usuario en el mundo conectado a Internet. Un hecho consumado del que incansablemente nos han advertido científicos y desarrolladores del software libre (una de sus libertades es, precisamente, que está libre de hoyos), como Richard Stallman y Lawrence Lessig, por mencionar a los más destacados.

El primero, doctor en matemáticas por el Masachussets Institute of Technology, ha señalado con énfasis la desventaja y el peligro de consumir software “propietario” y no software libre, principalmente para el desarrollo de la educación en los países no industrializados. Además de la pérdida económica en recursos públicos que ello representa (por la dependencia de proveedores que no venden sino que sólo rentan sus desarrollos tecnológicos), subraya también el hecho aquí anotado: la posibilidad de fortalecer las prácticas de espionaje en el ámbito de la política y las delincuenciales en el ámbito de lo cotidiano... Dos caras de la misma moneda.




El segundo, el abogado estadounidense creador de la licencia pública Creative Commons, nos ha presentado un extenso alegato en defensa de la libertad en el uso del código para programas y la Internet. Básicamente una defensa del usuario como necesario poseedor, en comunidad, a través del “procomún”, de los códigos de los programas que usa en existencia toda, ahora subsumida en el uso de las redes de intercambio de información y en la digitalización de la vida cotidiana.
Véase:

En conclusión: una nueva patente, un nuevo ataque al desarrollo humano en la sociedad de la globalización.

Puedes informarte más a fondo en nuestros posts de Paradigmas Complexus:

  1. El gran amigo Stallman.
  2. El Código, de Lawrence Lessig.
  3. Hablando de Creative Commons.
Lee la noticia completa en El País.