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El arte como reposo del pensamiento


Con el simple afán de compartir buen arte y darnos un espacio para la imaginación y el regodeo de los nobles sentimientos acicateados por la estética de fondos junguianos, incluimos en Paradigmas Complexus una visita guiada a la obra de Cecilia Rodríguez Dorantes, pintora mexicana que a finales de año expuso en la "Casa de la Cultura Jesús Reyes Heroles". Nada qué comentar desde este post, las imágenes hablan por sí solas, además de la presentación del maestro Alberto Argüello Grunstein, investigador del Centro Nacional de Investigación, Documentación e Información de Artes Plásticas del INBA.


RESTOS DIURNOS… IMÁGENES NOCTURNAS
Lo que estamos observando en esta colección de pinturas y grabados no es un mero muestrario de puertas, como si se tratase de un catálogo con modelos y variantes de estos objetos que utilizamos para dividir o separar espacios en una casa, en una oficina o para demarcar territorios entre lo externo y lo interno, función que corresponde, por antonomasia, a una puerta principal.

Para entender a cabalidad la propuesta, es necesario comprender la postura de la autora, quien en lugar de vindicar la tarea más inmediata –y quizá negativa- de las puertas (separar, dividir, encerrar, ocultar, etc.), reivindica su función sustancial: la de posibilitar (ahora o en algún momento) el tránsito de un espacio –si se quiere artificial o natural- a otro semejante.

En su obra hay decenas de puertas. Unas nítidamente trazadas, otras  nebulosas, algunas sugeridas. Puertas abiertas, puertas cerradas; unas discretamente entreabiertas –o entrecerradas, no sé-, bosques de puertas, árboles que arrojan puertas, en fin. Mas lo que importa, en muchos casos, es el vano, el umbral, aquél espacio que insinúa, sugiere, simboliza la puerta, esté o no esté presente.

Existen puertas de diversos tipos y para diversos usos. De madera, de metal, de vidrio, de herrería, de piedra… y cada una revela su intención y el estatus social de quien la coloca. Puertas imponentes, con grandes tablones y relieves tallados que cuentan historias, en las viejas iglesias coloniales. Puertas enormes en las residencias de los pudientes, quienes siempre dejan un resquicio para que el curioso se embelese con la riqueza que se exhibe discreta u ostentosamente. Puertas de vidrio, en almacenes y oficinas, que se permiten sugerir que siempre se puede pasar, aunque sea con la mirada: para comprar y para trabajar en beneficio de otros. Puertas enrejadas que dejan pasar las manos, a veces la cabeza, siempre la mirada, pero nunca el cuerpo. Y lo mismo vale si uno está dentro o fuera.

De una u otra manera, se presenta el tránsito, el matizado permiso para pasar: con los pasos de los pies o con los vistazos de la mirada. Y esto tiene que ver con dos posturas de la autora: su manera de asumir las cosas de la vida y su actitud ante la vida de las cosas, de esas cosas que llamamos puertas.

Su  manera de asumir las cosas de la vida, me parece optimista. Donde, por lo regular, se advierte la puerta como obstáculo, como protección, ella toca a la puerta para que le abran o la abre motu propio.

Se entiende, pues, que su actitud ante esos objetos, es la de verlos como algo móvil, frágil, transitable, poroso. Pese a que hay puertas que permanecen por lo general cerradas, como las de las cárceles, de cualquier manera poseen resquicios para el tránsito: los enrejados, hemos dicho, permiten el intercambio de las miradas desde ambos sitios: desde adentro o desde afuera.

Hay puertas más difíciles de conceptuar y concebir, por ejemplo: el rostro humano. Una frase de la sapiencia popular sentencia “caras vemos, corazones…no sabemos”. Las personas a veces labramos en nuestro rostro puertas de piedra o plomo difíciles de franquear, y de esto entiende mucho la autora.

Estudiosa de la comunicación, el psicoanálisis y la sociología, se formó traspasando las otrora inhóspitas fronteras de las disciplinas. Es por esto –según comprendo- que su noción de puerta no es de bloqueo, obstáculo o impedimento, sino de límite artificial entre lo externo o ajeno y lo interno o propio, ya sea que hablemos de un ropero, un pasadizo, una casa, un saber o una persona cuyo semblante es su frontera, su protección, su separación frente al otro que desea conocerla, dialogar.

Restos diurnos, finalmente una noción psicoanalítica que nos remite a la evocación de fragmentos del estado de vigilia durante el sueño, que se convierten en signos que utiliza el deseo inconsciente, nos permite entender que las puertas que traza la autora son, también, puertas ficticias que se distienden,  a veces como un torbellino de trazos y colores, justamente entre lo consciente y el inconsciente. Esto lo sabe muy bien ella, acostumbrada a navegar, por propia voluntad, entre ambos universos.


Alberto Argüello Grunstein

Investigador del Centro Nacional de Investigación,
Documentación e Información de
Artes Plásticas del INBA

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