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Comunicación Alternativa (I)

I. COMUNICACIÓN COMO INSTRUMENTO DE DESARROLLO

Allá por los setenta, los gobiernos de algunos de los países en vías de desarrollo emprendieron una cruzada ante la organización de las Naciones Unidas (ONU) para reformar el orden económico internacional. Buscaban favorecer a sus sociedades en el desigual reparto de la riqueza del orbe y trataron tímidamente de conducir los mecanismos de la economía mundial para que sus beneficios incluyeran al Tercer Mundo.

Conocido entonces como “Nuevo Orden Internacional”, este proyecto abortó antes de nacer porque desde su concepción era una falacia: sus promotores, los poderes nacionales, ya desde entonces auxiliaban de lleno en la gestación del proyecto neoliberal que hoy depreda al planeta, este sí un verdadero nuevo orden al que nadie ha podido escapar.

Henos aquí, décadas después, envueltos por la globalización del mercado, presas de la más feroz etapa del capitalismo posindustrial; henos aquí a los latinoamericanos, pobres entre los pobres, con nuestras sociedades cayendo sin freno en el abismo de la “exclusión”, esa condición socioeconómica y casi existencial de no ser nadie por vivir al margen del consumo y la producción.

En aquel fallido intento de los setenta por reordenar el caos socioeconómico se planteaba también la creación de un nuevo orden informativo internacional, pues ya se mostraba con evidencia que los mass media conforman una de las principales herramientas para preservar el dominio de unos cuantos sobre la población de la Tierra. Desde sus tribunas, importantes científicos sociales advertían reiteradamente contra este fenómeno, fiel espejo de los esquemas del mercado. En América Latina, por ejemplo, el maestro Juan Somavia, del Instituto Latinoamericano de Estudios Transnacionales, hizo señalamientos que hoy más que nunca adquieren plena vigencia:

“El sistema transnacional de comunicaciones es un todo: incluye agencias de noticias, empresas de publicidad y bancos de datos; y también el suministro de servicios de recuperación de información, programas de radio y televisión, películas, radiofotos, revistas, libros e historietas y cómics de circulación internacional. Sus distintos componentes, que tienen mayoritariamente su origen en los países industrializados, se refuerzan unos a otros, estimulando en su conjunto las aspiraciones del consumidor a alcanzar formas de organización social y estilos de vida imitativos de los países capitalistas industrializados que la experiencia ha demostrado que sólo se pueden reproducir en los país del Tercer Mundo sobre la base de inaceptables desigualdades sociales y una alta y creciente concentración de ingresos en pocas manos. Al mismo tiempo, la presión informativa procedente de tantos y diversos orígenes, aparentemente sin relación entre ellos pero sustantivamente coherentes, va eliminando la capacidad de reacción frente al mensaje, con lo cual progresivamente el sujeto receptor se transforma en un elemento pasivo, sin capacidad de juicio crítico.
“El proceso de comunicación, entonces, se transforma para la gente en algo así como un teatro que se observa pero en el cual no se participa. En esas condiciones el público se va convenciendo de que el modelo transnacional de consumo y desarrollo es históricamente inviable. Así, el sistema de comunicaciones cumple su función principal: la de penetrar culturalmente al ser humano para condicionarlo, de modo tal que acepte los valores políticos, económicos y culturales de la estructura transnacional de poder”. (*)

Con estas palabras el maestro Somavia hacia sin duda el retrato de las sociedades tercermundistas para dos décadas después, perfectamente concretadas como simples consumidoras de información. La información, desgraciadamente, no sólo continuó siendo un producto a la venta, sino que incluso se convirtió en uno de los bienes de capital más importantes (hoy el más importante) del expansionismo neoliberal y una de las grandes carencias en lo que se refiere a las posibilidades de autonomía para los países dependientes.

Por otra parte, es un hecho indiscutible que la informatización del mundo fue y sigue siendo uno de los soportes sobre los cuales se sostiene la globalización mercantilista. No es gratuito que la generación de tecnología y conocimientos de punta para el manejo de la información estén controlados precisamente por oligopolios estadounidenses y europeos. Ellos son los dueños absolutos del código en la producción de software y generación de redes informáticas.

Esta situación nos demuestra la importancia de las comunidades libres de Internet y las licencias públicas como generadoras de recursos para abatir las dependencias tecnológicas. Como conjunto, el software libre y las redes sociales de apoyo para el intercambio de conocimiento constituyen la punta de lanza en la adopción colectiva de nuevas formas de comunicación en pro de la construcción de una sociedad más igualitaria, en los países llamados dependientes y entre los pobres de los países “avanzados”.

Por otra parte, el uso de las Nuevas Tecnología de la Información y la Comunicación (las NTIC) no tiene por qué sustituir los instrumentos y métodos que ya se vienen utilizando en la comunicación social, comunitaria o civil. Por el contrario, permiten enriquecer cualquier programa y, más aún, integrar las herramientas tradicionales con los recursos de punta, hoy más que nunca al alcance de las mayorías con mínimos recursos materiales, económicos y de formación.

Es un hecho que la Internet, a través de la Web, ha venido a poner en manos del usuario muchos de los medios que antes sólo podían desarrollarse por los grandes corporativos de la comunicación. Hoy cualquier usuario con mínimos conocimientos, con un ordenador y una conexión puede instrumentar el desarrollo y operación de canales de televisión o de radio, videotecas, hemerotecas, revistas, periódicos, libros y bases de datos de innumerables recursos tanto para la comunicación como para la educación. Es deseable e indispensable, por supuesto, que dicho desarrollo se apegue a mínimos estándares de calidad y profesionalismo que no lleven a la subutilización o corrupción de los medios en nuestras manos. Pero ese es tema de otra línea de trabajo a seguir en este mismo blog.




* Uribe O, Hernán. Ética periodística en América Latina. Deontología y Estatuto Profesional. Universidad Nacional Autónoma de México. México, D. F., 1a edición, 1984.